OPINIÓN: El país de la envidia

Por: Susana Díaz León

La situación de Siria es escalofriante; un año de guerra cruda sin cesar, más de 9.000 civiles muertos, más de 10.000 desaparecidos, unos 75.000 desplazados; de los cuales 25.000 han sido forzados a dejar su país para refugiarse en campamentos improvisados en las fronteras de países vecinos. Pero francamente a nosotros, tercermundistas y colombianos, esto no es algo que nos escandaliza.

Una amiga colombiana que cursa su Maestría en Derecho Internacional y Diplomacia en la Universidad de la Sorbonne, llega reguliarmente contándome, con una especie de sonrisa escondida y escéptica, que a una joven Siria; con la cual comparte aula de clase, y que resulta ser originaria de la ciudad de Homs (en donde reside actualmente la mayoría de su familia), se le hace difícil abordar el tema del conflicto de su país sin derramar unas cuantas lágrimas, y reforzar la tenacidad de su voz para poder terminar de contar alguna estremecedora historia.

No sé qué sentirá mi amiga al ver esto, nunca se lo he preguntado, pero cada vez que ella termina de referirme las historias de esta joven siria, yo sueño con poder recuperar su mismo sentimiento de consternación y malestar incesante, el cual, me da la impresión, al igual que yo, todos hemos perdido en Colombia.

Todavía no sé por qué hasta hace poco seguía pensando que en los países del Medio Oriente las guerras eran más sanguinarias, más crueles, más brutales, más inhumanas y mucho más desalmadas, que la nuestra. Cuando en realidad, es la misma guerra; horrorosas masacres, bombardeos indiscriminados, pueblos desolados, millones de desplazados, asesinatos en masa, persecuciones políticas, alarmantes cifras de desapariciones (aquí debemos sumar los secuestros), refugiados políticos, huida de cerebros y adinerados, enfrentamientos sociales y políticos, un pueblo entero pidiendo clemencia, ayuda y abrigo, líderes nacionales exigiendo el respeto de los derechos humanos y abogando por la libertad de expresión…Sí, si miramos bien veremos que es la misma guerra, ¿no queremos darnos cuenta?

Hay muchos analistas que tras sólo un año de negociaciones y ensayos en Siria, ya han declarado el fracaso de las Naciones Unidas para la resolución del conflicto, y por tanto, como único mediador en exilio, esperan devastadoras consecuencias para sus habitantes. Esto no deja de darme vueltas en la cabeza, y me ha hecho preguntarme: ¿entonces nosotros no tenemos ninguna esperanza luego de 50 años de lucha infructuosa? Y no he podido dejar de responder que sí, quiero creer que sí hay esperanza, pero ésta viene atada a un compromiso de todos, cuando entendamos que debemos actuar como una única nación, como un pueblo unido, como hermanos que somos. Hay que dejar de lado ese clasismo aberrante y arrogante, y la envidia, el resentimiento y el odio visceral por quien le va bien, se esfuerza y cumple sus propios propósitos.

La violencia está latente en cada ser humano, como algo propio e innegable de su naturaleza, pero ha sido quizá la rabia sorda y la maldad desmedida que produce la envidia lo que nos ha hecho podrirnos cada día más, para convertirnos en lo que hoy somos: guetos sociales violentos, aislados y desconfiados. Quizá seamos un Estado, pero hace años dejamos de ser un país.

Opiniones expresadas en este espacio no necesariamente representan el punto de vista de Valledupar Noticias

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